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El Efecto Boomerang en el Obispo de Tenerife

En ocasiones parece que el mundo posee cierta clase de justicia poética, como una casualidad en la que colaboran demasiadas cosas como para que sea habitual. Es como cuando uno lanza una piedra y ésta se imbuye de cierto efecto de boomerang para rebotar contra nosotros.

Esto viene a cuento de las palabras del Papa con las que hablaba del correcto código moral por el que, según él, debe regirse el mundo entero. En primer lugar, que un cura hable de estos temas, por mucho que sea un alto mandatario de la Iglesia, es algo que nunca entenderé, porque precisamente la curia es uno de los pocos grupos que renuncian voluntariamente a formar parte de una familia en concreto y de la sociedad en general. Además, curiosamente, el Papa no hablaba sólo de los cristianos, quienes logicamente están bajo su autoridad, sino de todas y cada una de las personas de esta tierra, aunque no creamos en los preceptos que fija su religión.

Si se pretende evitar caer en la incongruencia, cuando se propone un código moral hay que tener muy claro que desde dentro de tu propia organización no te hayan desautorizado claramente con anterioridad. Pero si encima tu intención no es sólo proponer sino imponer, cosa que es ya de por sí incoherente, hay que ser doblemente cuidadoso, pero es evidente que en esta ocasión no ha sido así. Y cuando digo esto podría estar fácilmente hablando de acontecimientos medievales, como por ejemplo todo lo que rodeó a la familia Borgia de Alejandro VI, pero no hace falta remontarse tanto en el tiempo. Basta con retroceder apenas una semana.

Concretamente, hasta el día 26 de diciembre, cuando salía a la luz esta noticia en la que se recogían las partes más destacadas de esta entrevista al Obispo de Tenerife. En ella se tratan varios temas, pero sobre todos ellos destaca la pederastia. El Prelado comenta, casi como por casualidad, que muchas veces, cuando ocurren relaciones de este tipo, es el propio niño el que no sólo las provoca, sino que también las busca. Pero no se queda ahí, sino que también afirma que ya no se puede hablar de la homosexualidad como una enfermedad o una desviación de la conducta típica del ser humano porque sería políticamente incorrecto, pero que es una práctica viciosa que perjudica a las personas.

Es entonces cuando uno se asombra del efecto boomerang de pregonar un código moral tremendamente contradictorio. Me resulta muy dificil de entender la postura de la Iglesia, que deja tan clara su repulsa al amor, ya sea físico o sentimental, entre dos personas del mismo sexo, adultas y en plenas capacidades mentales, pero que en cambio es tan ambigua cuando trata de amor físico entre dos personas, que pueden perfectamente ser del mismo sexo, pero en las que una de ellas es un niño que apenas ha entrado en la pubertad.

Lo peor de todo es que si fuera yo quien pensara algo así y lo expresara a través de la prensa, no sólo conseguiría que el Defensor del Menor de Madrid calificara de barbaridad mis palabras, sino que lo más probable es que acabara investigado o incluso detenido. Pero el Obispo es Obispo, y al parecer aún hoy los miembros de la Iglesia son intocables en nuestra sociedad.

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